Dear London...
Cuanto odiaba el fish and chips y los sándwiches prefabricados de nevera que me obligabas a comer cada vez que se me olvidaba el lunch. Odiaba entrar a un bar de tapas para comer mal y caro. Odiaba los golpes de calor al bajar por tus subterráneos, la marabunta de las 8 de la mañana, la falta de espacio, el sudor, el sentir que te clavan un codo y no poder hacer nada por evitarlo. También odiaba tus trenes bloqueados a mitad de túnel, en la oscuridad o los días de caos cuando decidías ponerte de huelga. Odiaba las noches de invierno que venían a las 3, hora de la comida española y las madrugadas de verano que entraban por la ventana a las 4 para no dejarme dormir. Odiaba las semanas infinitas de lluvias que jugaban al escondite con Lorenzo y siempre perdían, porque no había por donde encontrarle. Odiaba los autobuseros malhumorados y los ingleses que arreglaban todo con un lovely, darling, sorry. Odiaba las malditas interminables aplicaciones para conseguir un puesto laboral y toparme con compañeros de trabajo cuyo único propósito era embolsarse unas cuantas libras. ¿Y qué me dices de las horas extras para poder llegar a fin de mes? Odiaba cuando el resto del mundo ya había empezado el verano de playas idílicas mientras yo aún vestía chubasquero. Odiaba almorzar a horas intempestivas que bien podían confundirse con un desayuno. Odiaba las beans: nunca entendí que alubias y tomate pudieran compartir un mismo plato. Y comer sin pan... ¡lo añoré por tanto tiempo! Odiaba recibir un paquete cuando nadie había en casa y tener que esperar hasta el sábado gracias a tu horario reducido que impide hacer vida después del trabajo. Odiaba pagar 5 libras por una cerveza, 130 por un bono de metro mensual y 500 por una habitación minúscula. Odiaba compartir piso, porque cuanto más mayor, más maniática y parece que no tengo límites. Odiaba Oxford Circus, Picadilly, Regent's Street... porque no me gusta caminar sorteando obstáculos. Odiaba que me pusieran mala cara cuando me colocaba a la derecha y tener que mirar a ambos lados al cruzar la carretera. Odiaba el green man del semáforo que sólo aparecía por diez segundos... ¿qué haces con los abuelos? ¿les obligas a pasear de arriba abajo por la misma acera? Odiaba ir al médico y tener que rogarle que me examinara la parte del cuerpo que me dolía, o sugerir una prescripción bajo mi propia responsabilidad porque consideraban de alto riesgo la toma de antibióticos para la amigdalitis. Odiaba descolgar el teléfono porque era toda una lotería: ¿quién habrá al otro lado? ¿un irish? ¿un scottish? Odiaba tener un amigo y saber que sus horas estaban contadas en ti, que igual que vino se iría. Odiaba sentirme sola, lejos de todas aquellas personas en las que confiaba.
Odié tantas cosas, tantas como amé.
Amaba el roast Sunday de final de semana y cuando me arrancabas una sonrisa desde un refrigerador con tus estrambóticos sándwiches de paella. Amé vetar los bares de comida española para poder descubrir las delicias del resto del mundo. Amaba corretear por los pasillos del tube y la satisfacción de escurrirme hábilmente entre la gente para coger el primer tren, leer tus citas del día y escuchar esas voces que te dan la bienvenida al lunes desde su altavoz. Amaba los parones de tus trenes porque me daban tiempo adicional para leer y los días de huelga que me obligaban a hacer un recorrido diferente, sobre tierra, para unir la salpicadura de tus puntos en mi cabeza. Me gustaban las noches de invierno en la que cansada de la oscuridad me permitía irme a la cama a las 10 sin remordimientos y empecé a amar cambiar el estruendo del despertador por los rayos del alba. Me encantaban los fines de semana de lluvia para poder borrar el cansancio a base de manta y sofá. Me alegraba el día entrar a un autobús y no poder pagar porque el lector se había estropeado y aprendí que cuando las cosas se piden por favor y con una sonrisa, se hacen de mejor gana. Amé tu sistema de oportunidades igualitarias y tu máxima de que el esfuerzo tiene su recompensa. Trabajé con grandes profesionales que completaron mi formación, la profesional y la personal. Amé las horas extras que convirtieron familias ajenas en la mía propia. Amé tener acceso a todo el mundo desde cualquiera de tus múltiples aeropuertos. Aprendí por primera vez a comer cinco veces al día y disfruté de las baked potatos con simple queso. Por la escasez de pan me apunté un tanto contra los carbohidratos y empecé a apreciar que la pasta está buena por sí sola. Amaba llegar a casa para encontrarme la tarjeta de paquete recibido que me decía que la tenía Mr. Neighbour porque era la excusa perfecta para conocer al de la puerta de al lado. Descubrí que los productos sanitarios de mujer costaban la mitad que en mi tierra, que podía llevarme un libro nuevo a casa por 50 peniques y que la cultura no entiende de bolsillos, que debe estar al alcance de cualquiera, como en tus museos. Me gustaba llegar un viernes a casa para escuchar música en directo y ahogar el estrés y el cansancio en cervezas acompañadas. Amaba perderme por las callejas del Soho, desde el primer día en que llegué hasta seis años más tarde. Comencé a poner mala cara cuando alguien entorpecía mi camino a la derecha y mi pequeño problema de distinción entre derecha e izquierda agradeció la ingeniosa señal en el paso de cebra que indicaba por qué lado podía morir atropellada. Me maravilló la campaña continua de prevención de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual a golpe de anticonceptivos gratuitos. Descolgar el teléfono se convirtió en un juego: adivina la nacionalidad. Amé conocer a gente nueva casi constantemente y aprendí a desprenderme. Amé formar una familia, no de hijos ni de padres, si no de compañeros de batalla.
Ahora me toca desprenderme de ti y de ellos. Lo nuestro no funcionó Londres, pero siempre podremos ser amigos.
With love,
M