Memorial del convento

Ficha técnica

  • Título original: Memorial do convento (portugués, Brasil)
  • Título en castellano: Memorial del convento
  • Autor: José Saramago
  • Fecha de publicación: 1982

SINOPSIS: Érase una vez un rey que hizo la promesa de construir un convento en Mafra. Érase una vez la gente que construyó ese convento. Érase una vez un soldado manco y una mujer que tenía poderes. Érase una vez la historia de amor sin palabras de amor. Érase una vez un cura que quería volar y murió loco. Érase una vez un músico. Érase una vez una passarola. Érase una vez...

Madre, ésta es mi mujer, se llama Blimunda de Jesús.

Debería bastar esto, decir de alguien cómo se llama y esperar el resto de la vida para saber quién es, si alguna vez llegamos a saberlo, pues ser no es haber sido, haber sido no es será.

Érase una vez el rey Juan V de Portugal, allá por 1700 y poco, casado con la Reina María Ana de Austria y frustrado por la falta de prole. Un buen día llegó a palacio un oportuno clérigo que, previendo que María Ana ya engendraba un heredero en su vientre, consiguió arrebatarle una promesa a Juan V: si en pocos meses llegaba un infante, el rey levantaría un convento en Mafra.

Mientras tanto, un joven cura con ingenio, contaba con el beneplácito del rey para construir un pájaro artificial que llevara al hombre hasta las nubes. Acomplejado por las risas que la estrambótica idea provocaba en la corte, el padre Bartolemeu Lourenço - que era el nombre del susodicho- se retiró a un monasterio abandonado para trabajar en su proyecto y buscó a dos jóvenes fieles y humildes que le ayudaran en su empeño. Así conoció a Sietesoles, un soldado retirado por manco que viajó a Lisboa para enamorarse de Blimunda, una pobre muchacha con poderes sobrenaturales.

Éstos son los protagonistas de esta historia, fruto de realidad y ficción. Saramago nos transporta al Portugal del siglo XVIII: sus calles sucias, sus gentes pobres y su realeza caprichosa, sus ceremonias religiosas, sus epidemias, su Inquisición. Con múltiples descripciones llenas de humor y sarcasmo, algunas más arduas que otras, el lector se ve envuelto en la Lisboa de entonces, donde esta historia comienza a cobrar sentido.

Pero esta ciudad, más que cualquier otra, es una boca que mastica de sobras por un lado y con estrecheces por el otro, sin que haya, pues, término medio entre la papada pletórica y el cuello fruncido, entre la narizota rubicunda y la otra hética, entre la nalga danzarina y la escurrida, entre la panza repleta y la barriga pegada a la espalda. Sin embargo, la Cuaresma, como el sol, cuando nace es para todos.

Lisboa es el punto donde por primera vez se encuentran todos estos personajes. Por un lado tenemos a la realeza, preocupada por la búsqueda sin resultados de un heredero al trono. El reinado de Juan V se ve marcado por esta gran ambición que es el convento de Mafra, que comienza como una ofrenda a Dios por el primer hijo concebido y acaba siendo un lastre para aquellos que trabajan en su construcción, voluntaria e involuntariamente, y que reciben instrucciones reales de hacerlo cada vez de mayor embergadura. Los antojos del rey se enfrentan al riesgo de los trabajadores en esta gran labor, entre los que se encuentra nuestro manco Sietesoles.

Así es el mundo, reúne en el mismo lugar el gran placer y el gran dolor, el buen olor de los humores sanos y la podredumbre fétida de la herida gangrenada, para inventar cielo e infierno sólo sería necesario conocer el cuerpo humano.

Sietesoles y Blimunda se han conocido en Lisboa, con el Santo Oficio de escenario. Inmediatamente sus destinos quedan unidos y la suya se convierte en una relación de amor que, como bien se dice en la sinopsis, carece de palabras bonitas. Sin emabrgo está llena de amistad, de compañerismo, de cariño, de comprensión, de apoyo, de respeto, de sinceridad. Estos dos no se separarán por voluntad propia y así se lo hacen saber al padre Bartolomeu, cuando les propone participar en otro ambicioso proyecto que les llevará hasta el cielo. El padre Bartolomeu o el Volador, es un personaje histórico, precursor de la aeronáutica, que estuvo empeñado en llevar al hombre a las alturas. Harto de las burlas que le tachan de loco decide seguir su empresa discretamente y así, mano a mano, los tres personajes comienzan a trabajar en la passarola: un ave artificial que, si Dios quiere, algún día se elevará en el aire.

Cuando se levantó el tiempo, pasada una semana, partieron Baltasar Sietesoles y Blimunda Sietelunas hacia Lisboa, en la vida cada uno tiene su fábrica, éstos se quedan aquí levantando paredes, nosotros vamos a tejer mimbres, alambres y hierros, y también a recoger voluntades, para que con todo junto nos levantemos, que los hombres son ángeles nacidos sin alas, y eso es lo más bonito, nacer sin alas y hacerlas crecer.

Es un relato lleno de contrastes entre la realeza y el pueblo. Juan V busca la magnificencia y el orgullo le lleva a someter a su propio pueblo, envuelto en la construcción de este convento que no se sabe cuándo acabará pero que tantas vidas se está cobrando. Por el contrario, las ambiciones del padre Bartolomeu son intelectuales y el conocimiento, el trabajo colaborativo, la fidelidad y la fé en el ser humano y en sus capacidades, son imprescindibles para llevar a cabo su objetivo, aún a riesgo de ser perseguido por la propia institución a la que pertenece.

María Ana y Blimunda no pueden ser más opuestas. La primera casada por conveniencia, no deja de tener fantasías con su cuñado y para ella los hombres se han convertido en seres rudos que sólo miran por sus intereses y satisfacciones corporales. Su mayor preocupación es dar a luz para cumplir su única función: la continuación de la corona. Así se lo hace ver a la joven princesa, que con tan sólo once años va a ser casada y tendrá que aprender a complacer a su futuro marido. Blimunda es pobre y tienen una habilidad que raras veces usa, porque para ella es más un castigo que una virtud. Su austeridad le permite ser libre, andar de un sitio para otro sin tener que dar explicaciones y, sobre todo, librarse de la preocupación de tener hijos.

[...] Si no tienes dónde vivir mejor, quédate conmigo, quédate aquí, He de ir a Mafra, tengo allá familia, [...] Quédate mientras no vayas, siempre tendrás tiempo de partir, Por qué quieres que me quede, Porque es preciso, No es razón que me convezca, Si no quieres quedarte, vete, no te puedo obligar, No tengo fuerzas que me lleven de aquí, me has echado un hechizo en el cuerpo, No eché tal, no dije una palabra, no te toqué, Me miraste por dentro, Juro que nunca te miraré por dentro, Juras que no lo harás y ya lo has hecho, No sabes de qué hablas, no te miré por dentro, Si me quedo, dónde duermo, Conmigo.

Saramago nos habla también de religión, de la ferviente creencia de un pueblo que no deja de ser terrenal y que, mientras reza por el día, se deja llevar por los placeres de la carne en la noche. Ésta es una sociedad en donde cualquier diferencia con el prójimo puede considerase brujería. Y ya sabemos dónde acaban los herejes...

La historia es trepidante aunque requiere de los cinco sentidos para disfrutarla. El estilo de Saramago es de sobra conocido: ausencia de puntos, frases largas, diálogos incorporados al párrafo, escasos y escuetos. Es un estilo muy personal que puede resultar algo complicado de digerir al principio pero se acaba disfrutando si se le da la oportunidad porque cada palabra está elegida cuidadosamente para cargarlo de belleza. Se requiere que el lector esté atento y concentrado para no perder el hilo de la historia y para no liarse con los numerosos personajes secundarios, que ayudan en el engranaje, o en algunas de las descripciones que pueden resultar pesadas - como ésa que dedica unas diez páginas a detallar la procesión del Corpus -. Pero estos fragmentos están más que compensados con otras partes de la novela, especialmente aquellas que hablan del trabajo en equipo de la passarela, el amor sincero y no romántico de Sietesoles y Blimunda y las espectaculares cien páginas finales que dejarán al lector con la boca abierta y el corazón encogido.

Cambiaba la cadencia de la respiración de Blimunda, señal de que se había quedado dormida, y Baltasar, extenuado por la ansiedad, podía también entrar en el sueño para reencontrar la risa de Blimunda, qué sería de nosotros si no sonásemos.

Si nunca antes se ha leído Saramago, u otro autor con un estilo narrativo similar, puede ser una novela un tanto complicada para empezar y no porque su texto sea difícil de entender, sino por la extensión de sus párrafos y capítulos y por esas partes más densas que pueden llevar al abandono. Lean primero esa otra obra maestra suya, Ensayo sobre la ceguera y con suerte actuará de trampolín al mundo de Saramago, como lo hizo conmigo.

[...] si no hubiera tristeza ni miseria, si en todo lugar corriesen las aguas sobre las piedras, si cantasen las aves, la vida podría ser siempre estar sentado en la hierba, coger una margarita y no arrancarle los pétalos por ser ya sabidas las respuestas o por ser éstas de tan poca importancia que descubrirlas no valdría la vida de una flor.

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